Vigilar y Castigar
Libro de Michel Foucault
Marco Emiliano Osornio Ledezma
UVM Zapopan
13/05/2025
Foucault abre el libro con una descripción gráfica del castigo público infligido a Robert-François Damiens, quien intentó asesinar al rey Luis XV.
El castigo incluía desmembramiento, quemaduras y mutilaciones públicas, como muestra del poder del soberano sobre el cuerpo del criminal.
Foucault compara este castigo brutal con un reglamento carcelario del siglo XIX (alrededor de 1837), que especifica una rutina meticulosa de horarios, comidas, disciplina y silencio en prisión.
Foucault no solo señala un cambio técnico, sino un cambio profundo en la lógica del poder:
Antes: castigo como venganza del soberano.
Ahora: castigo como corrección, vigilancia y reforma del individuo.
El objetivo del castigo ya no es tanto hacer sufrir, sino transformar conductas, lograr obediencia y ejercer control social constante.
El cuerpo antes era el blanco directo del castigo (golpes, tortura), pero con el tiempo, el castigo se desmaterializa:
Ya no se busca castigar el cuerpo, sino moldear el alma, la voluntad y la conducta. El cuerpo pasa a ser un instrumento a controlar, no a destruir.
Foucault profundiza en cómo el castigo moderno ya no se enfoca en el cuerpo físico, sino en moldear la conducta a través de una estructura de control invisible pero constante. Este cambio se da no solo en la forma de castigar, sino también en quiénes participan en ese castigo.
Ahora, en lugar de un verdugo, participan médicos, psiquiatras, maestros y otros expertos que evalúan al condenado. El castigo ya no se aplica solo por lo que alguien hizo, sino por su personalidad, sus motivaciones o su historial. La justicia empieza a mezclarse con la ciencia.
La cárcel se convierte en la principal forma de castigo, presentada como una herramienta para rehabilitar. Sin embargo, Foucault muestra que en realidad la prisión no corrige, sino que clasifica, vigila y mantiene el orden social al aislar a quienes no se ajustan a la norma.
Más adelante, Foucault analiza cómo el castigo se convierte en parte de un sistema más amplio: la disciplina. Esta no solo se aplica en las prisiones, sino que también se extiende a instituciones como:
- La escuela
- El cuartel
- El hospital
- Las fábricas
Estas instituciones comparten mecanismos similares: jerarquías, horarios estrictos, vigilancia constante, registros y exámenes. Su función no es castigar, sino adiestrar cuerpos y conductas.
Uno de los conceptos clave que introduce Foucault en esta parte del libro es el del Panóptico, un modelo de prisión ideado por Jeremy Bentham. Su estructura permite que un solo vigilante observe a todos los presos sin ser visto. Esto genera en los internos la sensación de estar siempre vigilados, lo que los lleva a autocontrolarse.
El Panóptico se vuelve una metáfora del nuevo tipo de poder:
Un poder que no necesita actuar visiblemente, porque las personas terminan por vigilarse a sí mismas.
A medida que avanza el libro, Foucault profundiza en cómo la sociedad moderna ha adoptado un modelo de control más amplio, silencioso y eficaz: la sociedad disciplinaria.
Ya no se trata solo de castigar delitos visibles, sino de prevenir, clasificar y normalizar comportamientos a través de redes invisibles de vigilancia y evaluación constantes. La disciplina se convierte en una herramienta para formar individuos útiles, dóciles y productivos.
El nacimiento de la prisión
Foucault analiza el surgimiento de la institución carcelaria como un proyecto reformador que prometía reeducar a los delincuentes. Sin embargo, demuestra que la prisión no cumple realmente esa función. Al contrario:
-Crea una clase criminal separada.
-Repite patrones de castigo y reincidencia.
-Actúa como un instrumento de control social, separando a los “normales” de los “desviados”.
Además, la prisión no es un sistema aislado. Está conectada con otras instituciones disciplinarias como la policía, la escuela y el sistema judicial. Juntas forman lo que Foucault llama un aparato de poder-saber.
Poder-Saber: el control a través del conocimiento
Uno de los aportes centrales de Foucault es mostrar cómo el poder moderno no solo reprime, sino que produce conocimiento.
A través de exámenes, expedientes, estadísticas y evaluaciones, se generan datos sobre los individuos: su rendimiento, su conducta, su salud mental, su historial familiar. Este conocimiento se vuelve una forma de control, porque clasifica, jerarquiza y define lo que es “normal” o “aceptable”.
Por ejemplo:
Un estudiante tiene un expediente que mide su rendimiento.
Un paciente tiene un historial clínico.
Un prisionero tiene un registro de conducta.
Cada uno de estos documentos es una forma de vigilar y moldear al sujeto. El poder ya no necesita castigar públicamente: es suficiente con saber sobre ti y hacer que tú te adaptes por miedo a ser observado o evaluado.
Cierre del libro: ¿un nuevo tipo de sociedad?
Al final de Vigilar y Castigar, Foucault plantea que el castigo moderno es más eficaz, pero también más insidioso.
Ya no vemos la violencia, pero el control se extiende mucho más allá de los muros de las cárceles. Está presente en nuestra educación, en la salud, en el trabajo y en nuestra vida diaria. Vivimos en una sociedad donde la vigilancia es constante, aunque no siempre visible.
Este modelo no desapareció: evolucionó. Y hoy, incluso fuera del contexto carcelario, seguimos obedeciendo reglas, rutinas, métricas y estándares impuestos por sistemas que “quieren nuestro bien”, pero que también disciplinan, normalizan y moldean nuestras decisiones.
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